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El Parque del Encuentro fue escenario este 3 de octubre del Seminario Nacional sobre la encíclica papal “Magnífica Humanitas”, una jornada de reflexión que reunió teología, ética, política y compromiso social para analizar los desafíos que plantea el desarrollo tecnológico y, especialmente, la inteligencia artificial. Participaron como panelistas el licenciado Diego Ramos y el abogado Martín Díaz Achával, mientras que Claudio Ramírez intervino como invitado especial.
La propuesta, impulsada desde el Espacio de Teología Ecuménica Popular del Instituto Superior Jesús el Maestro, buscó trascender una formación exclusivamente académica para promover el diálogo, el pensamiento crítico y una fe comprometida con la realidad concreta de las comunidades.
Se trata de hacer teología, es decir, de preguntarnos por dónde pasa hoy Dios en nuestros contextos concretos y a qué nos desafía. Para ello, los estudiantes propusieron un disparador visual para dar cuenta de cómo el mundo se deteriora mientras permanecemos sumergidos en el universo virtual.
La escena provocó un diálogo con los participantes que dejó conceptos como “distracción”, “individualismo”, “falta de comunicación”, “destrucción” e “indiferencia”, entre otros. A partir de allí, la pregunta que irrumpió ante el público fue: ¿Quién es el otro para mí?
A partir de esa imagen, Diego Ramos introdujo uno de los interrogantes centrales de la jornada: qué responsabilidad tiene el ser humano frente a un mundo atravesado por transformaciones tecnológicas que pueden acercarlo, pero también aislarlo.
Ramos recurrió a la antigua Grecia para diferenciar el oikos, entendido como el ámbito privado y el lugar de los idiotikos —aquellos que habían decidido optar por el individualismo—. Frente a esto, propuso rescatar el ejercicio de la ekklesia, el espacio de la participación colectiva, el debate y la toma de decisiones.
Desde allí, planteó la necesidad de recuperar espacios donde las personas puedan expresar sus inquietudes, debatir y participar en las decisiones comunes, en lugar de permanecer replegadas en su esfera individual. Ramos también señaló el riesgo de caer en la tradición occidental que separa el cuerpo del espíritu y advirtió que es urgente —desde una ética social cristiana— recuperar el cuerpo social, que hoy se encuentra dañado.
Citando la encíclica Magnífica Humanitas, remarcó que «ya no basta con no ser cómplices; necesitamos tomar partido», lo que implica ir en busca de una mayor humanidad. «Fe y política no están disociadas; al contrario», solo hay que advertir cuál es el espíritu teológico-cristológico que se utiliza: si humaniza o deshumaniza, concluyó.
La política como construcción comunitaria
Martín Díaz Achával profundizó esa reflexión desde la dimensión política. Advirtió sobre una tendencia cultural que desalienta la participación pública y empuja al ciudadano hacia lo privado, en un escenario donde expresar una opinión o comprometerse con una causa puede provocar exposición, críticas o ataques a través de las redes sociales.
Para Díaz Achával, una sociedad que castiga a quienes participan corre el riesgo de convertirse en una comunidad donde se reclama el cambio, pero pocos se comprometen efectivamente con su construcción.
El debate recuperó entonces una idea especialmente presente durante el pontificado de Francisco: la fraternidad política.
Libertad, igualdad y fraternidad —los tres grandes principios asociados históricamente a la Revolución Francesa— fueron revisitados para señalar que libertad e igualdad resultan insuficientes cuando desaparece el reconocimiento del otro como hermano.
“La fraternidad” fue asociada durante el encuentro con comunidad, solidaridad, comunión, respeto y diálogo. Desde esa perspectiva, se destacó que la construcción de una sociedad más justa exige abandonar la lógica del adversario permanente y recuperar una concepción comunitaria de la vida pública.
De la Revolución Industrial a la revolución de la inteligencia artificial
Otro de los ejes centrales fue el paralelismo entre León XIII y León XIV.
Díaz Achával recordó que León XIII debió responder pastoral y doctrinalmente a las enormes transformaciones generadas por la Revolución Industrial y que su encíclica Rerum Novarum colocó al ser humano en el centro de aquella discusión.
La analogía propuesta durante el seminario fue directa: mientras la Revolución Industrial incorporó herramientas capaces de multiplicar la fuerza física del hombre, la actual revolución tecnológica agrega instrumentos capaces de procesar información y desarrollar tareas hasta hace poco reservadas a la inteligencia humana.
En ese escenario apareció una de las advertencias más reiteradas durante las exposiciones: la tecnología no puede transformarse en un fin en sí misma ni quedar subordinada exclusivamente a una “cultura del poder”.
Se plantearon interrogantes sobre la concentración tecnológica, el manejo de algoritmos y la utilización de la inteligencia artificial en ámbitos particularmente sensibles, desde la formación de opiniones hasta la automatización de decisiones relacionadas con conflictos, violencia y guerra.
Frente a esa lógica, la Doctrina Social de la Iglesia fue presentada como una propuesta que vuelve a situar en el centro la justicia, la comunidad y el amor entendido no solamente como sentimiento personal, sino como principio capaz de orientar las relaciones sociales y políticas.
Claudio Ramírez: pensar la tecnología desde la dignidad humana
La segunda parte del encuentro tuvo como protagonista a Claudio Ramírez, escritor y coordinador de un espacio continental de Teología y Política, quien llegó desde Salta como invitado especial.
Ramírez propuso abordar Magnífica Humanitas desde tres dimensiones: comprender lo que plantea la encíclica; realizar una lectura desde la cristología; y situar esa reflexión en la realidad concreta latinoamericana, incorporando la memoria histórica y la sabiduría de los pueblos originarios.
Una de las imágenes utilizadas fue la contraposición entre la Torre de Babel y la reconstrucción del templo. La primera representa, en su interpretación, el riesgo de un desarrollo tecnológico que pretenda ocupar todos los espacios y termine olvidando tanto a Dios como al ser humano. La segunda expresa la posibilidad de reconstruir colectivamente y concebir el futuro desde la comunidad y la pluralidad.
El expositor repasó además algunos de los grandes principios de la Doctrina Social de la Iglesia: bien común, subsidiariedad, solidaridad, destino universal de los bienes y justicia social, señalando que todos encuentran su fundamento último en la dignidad de la persona humana.
El riesgo de delegar en la inteligencia artificial lo que corresponde al hombre
Uno de los pasajes de mayor actualidad estuvo dedicado directamente a la inteligencia artificial.
Ramírez planteó el riesgo de una sociedad acostumbrada a buscar respuestas inmediatas y soluciones rápidas en sistemas tecnológicos, hasta llegar a delegar decisiones que corresponden esencialmente a las personas.
La consecuencia, según explicó, podría ser una progresiva pérdida de la creatividad y de la capacidad humana de pensar, decidir y asumir las consecuencias de esas decisiones.
También cuestionó la aparente neutralidad de estas tecnologías. La inteligencia artificial, señaló durante su exposición, no debe ser considerada una voz absolutamente objetiva, porque los sistemas son desarrollados y entrenados dentro de determinados contextos culturales, económicos y políticos. Desde una perspectiva latinoamericana, invitó por ello a recuperar las propias formas de producir conocimiento y evitar nuevas dependencias culturales.
Otra advertencia estuvo relacionada con la capacidad de las máquinas para simular una comunicación humana.
Una inteligencia artificial puede conversar, responder y reproducir determinadas características del lenguaje, pero no puede sustituir aquello que constituye la experiencia humana concreta: el encuentro, el afecto, la presencia, un abrazo, tomar una mano o compartir la vida con otro.
La dignidad humana como frontera
La reflexión llegó así al interrogante que atravesó toda la jornada: ¿qué es aquello que hace verdaderamente humana a una persona?
Frente a una concepción centrada exclusivamente en la racionalidad, el seminario puso el acento también en la afectividad, la fragilidad, la creatividad, la capacidad de amar y la construcción comunitaria.
La discusión tecnológica deja entonces de ser únicamente una cuestión de máquinas, algoritmos o innovación para convertirse en una cuestión profundamente ética: qué clase de humanidad se quiere construir con esas herramientas.
Ramírez sintetizó esa perspectiva hacia el final de su intervención recurriendo al relato de los discípulos de Emaús: acercarse a quien ha perdido la esperanza, escuchar, recuperar la memoria, compartir la mesa y reconstruir comunidad.
De allí surgió también un concepto especialmente destacado: la hospitalidad como una expresión profundamente humana y como invitación a participar de “la mesa de las decisiones”; entre ellas, aquellas que definirán cómo serán utilizadas las nuevas tecnologías y qué límites deberán establecerse para preservar la dignidad humana.
El cierre dejó una frase que condensó buena parte del espíritu del Seminario Nacional y de las reflexiones desarrolladas durante la mañana:
frente a algoritmos, automatización, concentración de poder y transformaciones cada vez más aceleradas, el centro debe continuar siendo el ser humano.
“El centro de todo sigue siendo el rostro humano. No olvidemos eso: es el rostro humano”, expresó Ramírez al concluir su exposición.
Así, desde el Parque del Encuentro, Magnífica Humanitas fue presentada no como una reflexión destinada exclusivamente a especialistas en teología, sino como una invitación mucho más amplia: volver a preguntarse por la dignidad, la fraternidad, la responsabilidad social y el lugar que ocupará la persona humana en una época marcada por el avance vertiginoso de la inteligencia artificial.